26 nov 2010
Dar la talla
Quisiera ser tan alta como el Pirulí. Ni de coña. Ni en sueños desearía convertirme en vosotros, carroña. No dais la talla ni con zancos de saltimbanqui (vaya! por fin he logrado colar esta palabra tan divertida en un texto). Dar la talla no es cuestión de altos vuelos, se trata de no vivir como ratas en subsuelos; persiguiendo las sobras, mordiendo las suelas, robando vidas ajenas, pervirtiendo ingenuas, contaminándolo todo con su mal aliento, sin tiento, no sintiendo, sólo jodiendo y mordiendo, envenenando a otros. Sólo quedamos los buenos, pero somos muchos menos y puede parecer que no damos la talla; pero en realidad somos altos como las montañas más altas, esas de ese país tan bonito; y somos complicados, retorcidos, escarpados, escarbados, profundos, duros y afilados como las rocas del cañón del Sil o del Colorado. Tú y tu apellido francés os quedáis para siempre a mi lado. (Ya) No consigo imaginar una vida sin ti, sin largarme de aquí, sin desparrame sin frenesí, sin vivirla como si fuera un colibrí, como un gorrión simplón, comiendo miguitas de pan de tu mano, sin importarme nunca más el hecho por ejemplo de no tener un hermano. Porque no da la talla. Nosotros sí, nosotras cantamos pop, pero esa ya es otra historia. Voy a comprarme unas piedras viejas en algún lugar bonito y cuando ella venda sus viejas piedras de aquel otro lugar del pasado, tendremos un montón de piedras nuevas en un hipotético futuro que no necesito porque me sobra el presente para hacer con ellas un castillo o una fortaleza donde nadie podrá entrar si no conoce el santo y seña o las palabras mágicas; nadie que no dé la talla podrá siquiera encontrarnos o imaginarnos; ni con tomtomtos ni con gepeses ni con mapas de la isla del tesoro. No, qué pAsa!, ya no lloro, sino de felicidad, que es una cosa tan novedosa, que no sé qué carajo hacer, ni donde la puedo poner, porque ocupa tanto espacio que no me cabe en este cuerpo de saldo ni en un piso de alquiler. Tengo que comprarme un terreno neeeno, y poder gritárselo a las copas de los árboles, o grabarlo con una llave en suelos de mármoles. Podría ser tan alta como el Pirulí. Pero no quiero. Pero eso sí, tú, preciosa, ven a darme un beso pronto porque si no me desespero. Y no hay nadie en muchos kilómetros a la redonda que parezca dar la talla. Te echo de menos. Todo el tiempo.
